lunes, 3 de abril de 2017

Cartas a nadie III

A menudo siento que nunca he estado realmente dentro de mí.
Como si la vida que me contiene solo fuera un sueño despiadadamente largo, he pasado por ella con los ojos enturbiados, empapados de una somnolencia no exenta de pesares. Cargada de algún modo con una deuda que nunca podrá ser pagada ni perdonada.

No pienses que hablo de vivir ciego a la realidad, de ese modo habría conocido la felicidad, como la del perro que contempla a un amo cruel en completa devoción.
No, siempre he tenido conciencia del mundo que me rodeaba, una conciencia excesiva para una niña y aún demasiada para una joven en la que no se desea cinismo alguno.

Hablo ahora de la perpetua sensación de que ésta no es mi realidad, un cosquilleo imperturbable, un murmullo irresistible entre los pliegues de mi cerebro que me insta a cerrar los ojos y mirar hacia dentro, esperando algo desde la oscuridad que hay más allá de las chispas eléctricas de mis neuronas.

Han pasado seis años desde que te conocí y te desvaneciste, tú fuiste el primer grito entre esos murmullos. Sé que tu realidad no será mejor, quizas, tanto como sé que nunca responderás a mis cartas. Pero no olvido lo que no podía recordar, y cada vez me encuentro más lejos, cada vez mas dislocada de este mundo.

A veces pienso, si mis ideas no han logrado traerte de vuelta, quizá pueda existir un mundo entre mis letras, una puerta, una voz arrastrada en este páramo de silencio.