lunes, 9 de mayo de 2016

Subter somniis II

Un cielo de un blanco inmaculado abría un amanecer de octubre, un día ordinario en un lugar ordinario. 
Los pasos de Samantha eran pequeñas quejas impertinentes en aquel vacío, nadie en las calles, ni tras los escaparates, un mar de quietud acostado en un valle amarillo, esa era la ciudad en la que había crecido.
En su trayecto a la escuela no percibía ninguna de estas cosas que ya conocía bien, el tedio entre aquellos muros de cemento resquebrajado le había impuesto esa forzosa costumbre. Sin embargo su corazón se había expandido entre las grietas, con unos sueños desbocados y carnívoros, hasta lograr que su frio cerebro notase la asfixia que la envolvía en las mortajas de la moral y la familia. No despreciaba en verdad el lugar, pero le espantaban sus gentes, sus rostros flácidos que enmarcaban unos ojos vacíos, como si no fuesen mas que personajes inacabados, o dejados a medias, la peor obra de un artista mediocre.
Aquel día, como todos los demás, caminaba automáticamente inmersa en sus divagaciones, hasta que súbitamente el hilo de sus pensamientos se rompió, como el hilo del destino de los griegos. Y Samantha despertó a la realidad para descubrirse en mitad del bosque.
Miró atrás, a lo lejos, ocultándose tras los bancos de niebla estaba el cruce de caminos que pasaba cada mañana y por el que nunca en toda su vida había girado en la dirección equivocada.
Su reloj le avisaba de que se había retrasado mucho, dudó un instante mientras giraba de nuevo hacia al bosque, pero esta vez otros ojos se encontraron con los suyos.
Samantha se llevó la mano al pecho, el corazón le había dado un vuelco. El joven que estaba allí plantado no había hecho ni un solo ruido en el suelo de grava. El se rió al ver su gesto asustado y exhalo por diversión una gran cantidad de vaho que era del mismo color que su pelo y piel, sus ojos tenían el mismo color que la pizarra azul. 
Samantha separó los labios pero no sabia que decir, y se preguntaba si realmente tenia que decir algo, el chico seguía mirándola, ella apartó la vista por educación, pero ya se había fijado en que era muy delgado y alto, su mandíbula era ancha pero su barbilla se alargaba, sus pómulos muy marcados hacían que sus ojos parecieran hundidos, rodeados por un tono de piel mas oscuro de lo habitual. Los labios parecían formar constantemente un gesto cruel.
Al mirar hacia abajo vio que el extraño no llevaba ninguna clase de abrigo, iba solamente vestido con una fina camisa de algodón blanco con las mangas subidas por encima de los codos.
El continuó su camino rozándole el hombre al pasar y le hizo un gesto extraño con la mano a modo de despedida, Samantha se quedó inmóvil mirando aun hacia el bosque, tenía una extraña sensación, como si el frío pudiera colarse por sus pupilas e inundar sus venas, su cuerpo se estremeció con un escalofrío  y un enorme copo de nieve se posó sobre su nariz.