martes, 23 de febrero de 2016

Subter somniis I

La ausencia de la luna desenvolvía la ilusión de un suelo negro y pulido en lo que era la superficie del lago, que calladamente se cubría de copos de nieve, como si susurrase, al ritmo con el que se desplazaban las estrellas sobre el.
La oscuridad era absoluta, sus pequeños ojos infantiles no veían nada más que el resplandor de la nieve, iluminada por la vía láctea. Sabía que un espeso bosque delimitaba aquel claro pero el único árbol que podía percibir era el que sostenía su espalda, el rumor de su crujir al son del viento helado del invierno relataba un cuento sin fin.
Samantha hundió los dedos en la tierra blanda, despertando una bocanada exquisita de petricor que abrazaba el aroma de los iris, que crecían en la orilla.
Así, con los párpados bajados, concentrada en toda la calma que palpitaba alrededor, pudo sentir unos pasos cuidadosos que conocía bien.

El se sentó a su lado y aunque no podía verlo, miró en aquella dirección, sólo era un amasijo de sombras del que emanaba el aliento condensado.
Samantha extendió su mano buscando aquel otro cuerpo caliente, sintiendo súbitamente una espantosa añoranza, pero cuando llegó al lugar donde debía estar no halló nada y todo quedó muerto y frío en un sólo instante.

Ella despertó, se encontró con la lisa superficie blanca de un techo enyesado, quedó quieta y rígida en su lecho contemplando aquel vacío, perdida en una náusea.
Cada mañana despertaba tan cansada como cuando se durmió, su mente entumecida por la interminable repetición del mismo sueño, un sólo recuerdo pobremente representado en cada ocasión.
Deseaba que ya en su niñez alguien le hubiera revelado que el dolor y el anhelo no tienen plazo límite, que sólo engordan en el alma con el paso de los años como un parásito en el intestino.

Se levantó, un súbito mareo le hizo tambalear.

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