viernes, 18 de abril de 2014

El perdón

Ahora todo estaba frío y pegajoso alrededor y no soportaba el olor a hierro amargo.
Los pliegues de su falda parecían tallados en arcilla, sobre el suelo rojo y opaco.
Quizá no debería pensar en nada, pensó. Ante el horror debería sentirme paralizada.
Pero había estado paralizada durante años, ahora había abierto los ojos. 

Miró al horror, su rostro putrefacto y sus ojos flácidos la miraron a ella.

Había hecho tanto por él. Solamente podía repasar la lista interminable de secretos, apenas entrevistos, que había guardado en su corazón. La clase de secretos que pesan y te pudren por dentro.
¿Y cúales eran sus opciones? La muerte. No una muerte explícita como la que le rodeaba en ese instante, ni como la que encontrabas cuando sientes la vejez. Era una muerte que sólo se veía dentro de uno mismo, la amenaza constante en la que vive quien es consciente de su mortalidad. 
La muerte que insinuaba cada mirada de John y cada gesto de sus delicadas manos, esas manos demasiado rápidas, demasiado hábiles.
Pero John se había ido. Sarah esperaba poder suspirar de alivio, pero la insatisfacción de su soledad era como cenizas en su boca. Se había mantenido viva aquellos años, ahora veía que se había aferrado a la vida como un loco o un animal. ¿de verdad necesitaba vivir? ¿de verdad alguien lo necesitaba? No vivir así.

Quiso evitarlo pero sus ojos volvieron al horror. La cara parecía una obra surrealista, la piel había cobrado el tono del caramelo blando y la textura del cuero húmedo. La cabeza caía por el borde de la cama, con los ojos desencajados mirando los suyos propios en una pregunta nunca formulada. La boca, abierta desmesuradamente, se había permitido mantenerse en esa posición a pesar de la gravedad, debido al rigor mortis. Los dientes amarillos de una fumadora empedernida sobresalían en la rápida retirada de los labios, la lengua hinchada ocupaba el paladar como una recreación en su molde. En ese momento grotesco Sarah recordó los besos de aquella boca sin buscarlo, el olor y el tacto de los besos cariñosos de su madre.

¿Quien soy? Se miró las manos, sentía las uñas duras con toda aquella sangre debajo. ¿Por qué soy yo, en este cuerpo, en esta vida, en este momento? No tenía respuesta, no la necesitaba. Deseaba salir de aquel cuerpo lleno de gritos, de esa vida de errores, de ese momento espantoso.
¿Por qué le había dejado hacerlo? Por amor, si eso era amor.
Recordó involuntariamente el primer día en el que le vio, cuando le miró a los ojos sintió que caía en un pozo, tan negro y frío, tan profundo que llegaba a las entrañas del mundo. El estomago le llegó a la barbilla, mientras él sonreía, siempre sonreía...

Un día especialmente claro él le dijo “Un día me iré, nunca volverás a verme.” Aquella segunda frase sonó mas bien como una orden o una amenaza que como una simple certeza. Pero Sarah deseaba volver a verlo, porque por amor le odiaba.

Tras diez años a su lado había necesitado aquella ausencia para darse cuenta de que jamás le había conocido y jamás le comprendería. No podía siquiera alcanzar a tocar los bordes de su depravación, como tampoco era capaz de ver los límites de su propia locura, en la que él la había sumergido con serena paciencia.

La necesidad enfermiza de tenerle era como la adicción a cualquier droga, como la desesperación de un maniático-obsesivo, no podía quitársela, no podía dormir sin sentirla dormir con ella, casi podía verla, muda pero presente, antropomórfica si se lo proponía, sentada sobre sus hombros, sonriéndole a la cara.

Durante un instante logró apartar todos aquellos pensamientos para levantarse. Parecía que cada movimiento le costaba una eternidad, parecía que hubieran pasado siglos, pero habían sido unos días. Suficientes para que el lugar apestara.

Con el rostro blanco y los labios prietos, alcanzó el cuerpo inerte y comenzó la labor inevitable para los que aun estaban vivos.
El plástico que cubría la cama era grueso y opaco, blanco. Envolvió el cuerpo como si fuera el capullo de un gusano, pero no logró evitar volver a mirar por última vez aquel rostro. Sin pensar trató de cerrarle la boca, supo que era mala idea en cuanto oyó el “crack” pero ya era tarde y lo arregló lo mejor que supo.

Nadie la echará de menos. Todos saben que se va durante semanas y vuelve apestando a alcohol y vómito, incapaz de tenerse en pie o de recordar tu nombre.”

Por primera vez en aquel limbo las lágrimas bañaron su rostro, se sintió terriblemente indefensa, volvió a ser una niña con calderos en vez de ojos. Aquella era su madre, la única madre que jamás tendría. Era imperfecta, nunca había sido lo que el mundo llamaba una buena madre, pero ella la quería, acaba de darse cuenta de que la quería más que a nada.
Y John la había matado.

No le quedaban más perdones para él, ni siquiera le cabía la capacidad para comprender como alguna vez fue posible la existencia del perdón para algo como él. Su madre era su única familia, él lo sabía mejor que nadie, la había salvado varias veces de la intoxicación etílica, les había hecho las veces de niñera cuando ella tenía que estudiar o trabajar y su madre no podía salir de la cama. Pero Sarah había llegado a la conclusión de que él era simplemente maligno, y no había pequeño acto de bondad que pudiera hacerla dudar una vez más.
La determinación endureció sus ojos, volviéndolos aún más negros. Las lágrimas seguían corriendo sin llanto.

El único error que su madre había cometido fue su único acierto en su vida como madre.
Sarah sabía que aquel fin de semana su madre estaría fuera, John también lo sabía. Así que entró en su casa, como siempre hacia, sin el mas mínimo ruido, y utilizó la habitación de su madre para lo que el llamaba “un mal muy necesario”. John nunca había permitido ver lo que hacía en esas ocasiones, pero era suficientemente listo para saber que ella le espiaba y nunca le había dicho nada. Lo que Sarah había visto no quiso volver a verlo más.
Pero aquel día John le pidió que estuviera presente.

Por estar con el Sarah no oyó la cerradura, por el miedo que le plantaba los pies al suelo no oyó la voz alegre de su madre llamándola, por pensar en el deseo inevitable de cerrar los ojos y no poder hacerlo, no sintió el roce de las bolsas en la puerta, ni la segunda repetición de su nombre.
Su madre entró y lo vio, la horrible verdad que John ocultaba en su carne, le vio a él entero.
Pero también tuvo tiempo de verla a ella con él. Sarah quería olvidar la decepción, que vio en sus ojos de ámbar, la inmensa decepción mezclada con el pánico y la incomprensión.
Pero no era capaz, aquella última mirada martilleaba su cabeza cada minuto de cada día, porque su madre no trató de apartarla de él, su madre huyó sin ella.
Rápido como el viento John le aplastó la cabeza desde atrás, no hubo vacilación, no discutió, no consideraba a su madre mas que una mota de polvo, una mota tan insignificante como ella misma, pero una que ni siquiera le era útil.

Sarah envolvió la cabeza en el plástico al fin, tocando el cráneo convertido en un cuenco quebradizo. El cuerpo pesaba poco, los años de adicción habían pasado factura a su madre, estaba tan delgada como una niña, era tan frágil. Aunque no lo suficientemente frágil como para que un ser humano normal aplastase su cráneo sólo con su puño.

Fue a la cocina y cogió la fregona. Había tardado demasiado en salir de su ensimismamiento y la sangre se había aferrado a la madera, supo que sería imposible sacarla del todo, eliminar las pruebas, pero ya no le importaba, ya no tenía nada que perder, y solo un deseo.
Se afanó en aquella tarea repetitiva y común como si fuera una rutina de su día a día. Limpió hasta que todo quedó como debería, o casi. Y entonces se limpió a si misma, mas bien, limpió aquel cuerpo que habitaba como si fuera prestado.

Cuando llevó el cuerpo hasta el bosque se las ingenió para creer de verdad que su madre sería mas feliz que en vida. Pero el hecho de que aquel fin de semana llegara antes, sobria, con regalos. Su madre estaba recuperándose.

En todos los años tras la muerte de su padre, su madre no había dado una sola señal de querer restablecerse, no le importaba siquiera. Su decadencia era lenta pero inexorable.
Y Sarah ya no albergaba esperanzas. Sin embargo, justo ante su muerte levantaba la cabeza, justo... las lágrimas brotaron de nuevo, pero eran de rabia.

Cavaba, hondo, hondo, y las lágrimas caían en el hoyo, cavó lo que le parecieron mucho más de dos metros y no sentía dolor ni cansancio, solo un único deseo en su interior.

No arrojó el cuerpo, rellenó el fondo con una capa de hojas tan mullida que el cuerpo se posó, literalmente.
Rezó. Porque su madre le había enseñado y ella necesitaba creer que la perdonaba.
Y en vez de echar la tierra con la pala, lo hizo con las manos, sin importarle cuanto tardaría.

Se desgarró la garganta, gritó su nombre, no tenía miedo de ser escuchada porque la única persona que quería que la oyese ya no podía.
Siguió allí, llorando y gritando hasta que supo que su cuerpo necesitaba descansar, informándole como si fuera algo ajeno a ella misma.
Porque era su cuerpo quien había cometido aquel pecado, su cuerpo impuro e imperfecto, afectado por el poder siniestro y demoníaco que John había usado sobre ella, su cuerpo, no su alma.