lunes, 11 de febrero de 2013

El hombre con los ojos llenos de viento

Sus ojos lo veían todo; las piedras a su alrededor, cubiertas de millares de grietas de tiempo, llenas de vida ignorada. La hierba, y el frío cristalizado en ella, sobre esa tierra negra y fecunda. Las colinas allá azuladas por el brillo del hielo y el manto neblinoso que acariciaba sus cabezas. Y aún lejos, el bosque oscuro, tan espeso que  con su aliento encantado emanando de él le impedía ver las montañas, lo único que a sus ojos se escapaba dentro de aquel lugar que era su corazón.

Pero cuando prestaba algo de atención, podía deleitarse durante horas sin fin en aquella frontera negra; con la nieve de cada rama y sus inmaculados reflejos, y en cada hoja que el aliento visible de cada animal tocaba, los fragmentos de vida en los pedazos de musgo, las profundas arrugas de los troncos, trincheras inexpugnables para los seres mas diminutos y frágiles, y la historia que sus nudosas raíces había grabado según la vivían. 

Él contemplaba sin palabras.


Se levantó de aquella gran piedra pulida sobre la que había visto el amanecer. Sus botas peludas de blanda suela hacían crujir el hielo adherido a la vegetación, que después de quebrarse, permitía a sus pies hundirse en el verdor mansamente.

A menudo solamente continuaba andando sin rumbo para seguir saboreando esa sensación.

No tenía más placeres que aquellos que le regalaba el mismo hecho de estar vivo, el frío en el invierno y la brisa cálida de la primavera. Y de ese modo, el silencio en esa perpetua soledad se había convertido en su música y su voz.


La montaña era su verdadero hogar. Y aquellos nacidos de ella sus auténticos hermanos. Aunque él mismo hubiera llegado de lejos... esos brazos antiguos le habían rodeado y embargado como a un hijo largo tiempo perdido.