sábado, 10 de noviembre de 2012

La torre


 A través de la bruma y los abismos de penumbra, entre la espesura del bosque, más allá de las últimas fuerzas del sol, se erguía la torre.
Cualquiera que hubiese pasado por aquellas tierras perdidas apenas la habría notado, a pesar de su imponente altura, de algún modo inexplicable, incluso cuando los llantos y gritos corrompían el aire al escapar de su oscuro interior, era invisible para el mundo.

La lluvia caía sobre el bosque que rodeaba la torre pero nunca sobre ella, la hierba a su alrededor estaba seca y el suelo era estéril bajo su sombra. La piedra que la conformaba a pesar de los años se mantenía desnuda y gris, ni el musgo, ni siquiera la hiedra, habían podido crecer en ningún rincón de su superficie. 
Carecía de puertas, solamente una ventana cerca del cielo se abría al mundo, como una enorme boca en mitad de un mudo alarido.
En aquel hueco se asomaba cada día una niña, con la mirada sorprendida y soñadora de los ocho años.
Aquella pequeña era un cúmulo de preguntas, miedo y tristeza. Lo único que veía desde su alta ventana era el interminable bosque y el infinito cielo, fríos y distantes.
Las montañas, aun mas allá, como espejismos sobre el sol poniente, eran la cuna de sus fantasías.
Nunca había salido de aquella torre, en la que vivía con una anciana que se hacía llamar su tía. Solamente el viento, las estaciones y los escasos libros que poseía le habían permitido crear un lugar seguro en su mente.

La mujer la dejaba sola durante días y noches, para propinarle fuertes palizas cada vez que reaparecía.
Siempre se mantenía la misma rutina. La mujer llegaba a ese cuarto diminuto, la golpeaba, culpándola entre ininteligibles alaridos de males de los que la pequeña siquiera era consciente, al cabo se marchaba, dejándola sangrante y llorosa en la oscuridad.
La pequeña medía el tiempo con el sol y los ciclos lunares, con los años la niña había podido notar que la mujer perdía fuerzas mientras que su ira y locura aumentaban.
La comida y el agua que le llegaban a través del montacargas eran cada vez más escasas y pobres.

El moribundo verano suspiraba con resignación ante la inminente venida del invierno, la pequeña amaba el invierno, porque la tierra muerta de la torre y la piedra parecían poder descansar al menos, en un sueño plácido y ajeno.

Un día, en mitad de la noche, un aullido desgarró su soledad. Débil como estaba, se tambaleó hasta la ventana y al dirigir su mirada al cristalizado suelo, vio una peluda figura temblando. La figura se irguió, quejosamente, descubriendo la silueta de un menudo lobo gris.
Alzó sus penetrantes ojos rojizos hacia la niña, durante unos interminables instantes se sostuvieron la mirada.
Ella creyó ver un tenue brillo de alegría en los ojos del lobo, sonrió, sintiendo una nueva y extraña serenidad.
El lobo estaba herido, hambriento, helado, tan asustado y solo como ella.

Tras aquella noche, el lobo la visitaba cada día, y hablaban de la luz y el aire, el le contaba como era el tacto del suelo en lo mas profundo del bosque, a que sabia el agua de las fuentes florecidas, cuales eran sus peores miedos.
De aquel modo, todo lo demás empequeñecía, incluso en la noche, soñaban que corrían juntos en la espesura, aullando y saltando frenéticos.
La pequeña no tardó en recuperar la sonrisa gracias al animal. Sin embargo aquella era una amarga alegría, sometida por la constante añoranza y el dolor de su prisión
 
Cuanto mas avanzaban los días, el invierno se encrudecía, haciendo tiritar al lobo, solo en la nieve.
Desde que el animal había aparecido la anciana no había vuelto a visitarla, lo cual fue interpretado como un símbolo de la buena suerte que debía emanar del ser peludo con seguridad.
Por sorpresa una noche, la puerta de la celda comenzó a sonar con su grimoso traqueteo. La niña había estado todo el día esperando la llegada del lobo pero este no había dado señales de vida. Inocentemente ensimismada en sus pensamientos aun se encontraba en la ventana, sin haber oído siquiera el sonido de la puerta. La anciana entró sigilosamente, esperando ver a la niña confiada en su cama, para su desagrado no era así. No solo no se hallaba en la cama dormida, sino que poseía una reluciente sonrisa mientras observaba el cielo nocturno.
Aquello provocó una oleada de ira, se dirigió hacia la pequeña con una rapidez y fuerza impropias de su edad, agarró sus cabellos y la golpeó contra el suelo en un solo movimiento. La pequeña terriblemente asustada no pudo reprimir un grito, aquello solo lo empeoró aun mas.
Cuando ya no le quedaban mas fuerzas la mujer se marcho. La niña no se había resistido, sabia que era peor hacerlo porque ya lo había intentado antes.
Apenas era un cúmulo de carne y lagrimas irreconocible.

Comenzó a pensar, sintiendo el frío congelando y consumiendo  su interior, tan frío que quemaba.
Ella nunca podría conocer el por que de todo aquello.
Estaba totalmente sola, las estrellas solo eran frías luces indiferentes, el bosque estaba tan vacío como su alma, el lobo no volvería.
 
Un instante mas tarde, su corazón se paralizo cuando la noche cobro autentica forma en el aullido de una de sus bestias.
Apenas caminando y mas bien arrastrándose, se asomó por la ventana. No vio nada, en la luna nueva, el frío avanzó un poco mas, pero el aullido sonó de nuevo, alto, vibrante, libre...
Y ella sonrió. Con terrible dolor se subió a la poyata, y se irguió sobre sus piernas, sonriendo de oreja a oreja.
Y supo que tendría alas para viajar donde quisiera, el lobo esperaba en el gran bosque, dio un paso, sintió el viento, calló, el aire lamió sus cabellos y por primera vez y para siempre, fue libre.


- Este es el primer relato que imaginé en mi vida, a los ocho años. Lo he reescrito pero principio, nudo y desenlace son los mismos, es el final original que escribí a esa edad, pero el vocabulario y la expresión han sido corregidos.
Mi segundo cuento fue muy similar, cambiando que la niña vivía en una casa baja y realmente huía con el lobo que desde el principio era su mascota... Era mucho mas largo, tenia capítulos, así que decidí por esa y otras razones adaptar sólo este.