lunes, 3 de abril de 2017

Cartas a nadie III

A menudo siento que nunca he estado realmente dentro de mí. Como si la vida que me contiene solo fuera un sueño despiadadamente largo, he pasado por ella con los ojos enturbiados, empapados de una somnolencia cargada de pesares. Y todos estos años me ha movido el reconocimiento de una deuda que nunca podrá ser pagada ni perdonada.

No pienses que hablo de vivir ciego a la realidad, de ese modo podría haber conocido la dicha, como la del perro que contempla con amor devoto a un amo cruel. No, siempre he tenido conciencia del mundo que me rodeaba, una conciencia excesiva para un niño y aún demasiado para un joven del que no se espera cinismo alguno.

Hablo ahora de la perpetua sensación de que ésta no es mi realidad, un cosquilleo imperturbable, un murmullo irresistible entre los pliegues de mi cerebro, que me insta a cerrar los ojos y mirar hacia dentro, esperando algo desde la oscuridad que hay más allá de las chispas eléctricas de mis neuronas.

Han pasado seis años desde que te conocí y te desvaneciste, tú fuiste el primer grito entre esos murmullos. Sé que tu realidad no será mejor, quizás, tanto como sé que nunca responderás a estas cartas. Pero no olvido, y cada vez me encuentro más lejos, cada vez mas dislocado de este mundo que todos llaman verdadero.

A veces pienso; si mis ideas no han logrado traerte de vuelta, quizá pueda existir un mundo entre mis letras, una puerta a través de la que puedas alcanzarme, convertirme en la voz arrastrada por el eco en este páramo de silencio.

viernes, 20 de enero de 2017

El amor no se pierde, no se desvanece ni puede transformarse, permanece en el alma como un residuo, guijarros duros como diamantes.

Aquellos a los que amé, murieron, ese es el único modo de sobrevivir al amor, mientras el recuerdo de sus vidas quede grabado en mí.

Tú eres un fantasma que lleva su traje de carne, caminas sobre los huesos que una vez abracé, me miras con los mismos ojos para los que lloré, los labios que me hablan son los que besé, y sin embargo, él está muerto.

Tú eres la blasfemia de su nombre,
Discúlpame, si resulta demasiado espantosa tu presencia.

lunes, 9 de mayo de 2016

Subter somniis II

Un cielo de un blanco inmaculado abría un amanecer de octubre, un día ordinario en un lugar ordinario. 
Los pasos de Samantha eran pequeñas quejas impertinentes en aquel vacío, nadie en las calles, ni tras los escaparates, un mar de quietud acostado en un valle amarillo, esa era la ciudad en la que había crecido.
En su trayecto a la escuela no percibía ninguna de estas cosas que ya conocía bien, el tedio entre aquellos muros de cemento resquebrajado le había impuesto esa forzosa costumbre. Sin embargo su corazón se había expandido entre las grietas, con unos sueños desbocados y carnívoros, hasta lograr que su frio cerebro notase la asfixia que la envolvía en las mortajas de la moral y la familia. No despreciaba en verdad el lugar, pero le espantaban sus gentes, sus rostros flácidos que enmarcaban unos ojos vacíos, como si no fuesen mas que personajes inacabados, o dejados a medias, la peor obra de un artista mediocre.
Aquel día, como todos los demás, caminaba automáticamente inmersa en sus divagaciones, hasta que súbitamente el hilo de sus pensamientos se rompió, como el hilo del destino de los griegos. Y Samantha despertó a la realidad para descubrirse en mitad del bosque.
Miró atrás, a lo lejos, ocultándose tras los bancos de niebla estaba el cruce de caminos que pasaba cada mañana y por el que nunca en toda su vida había girado en la dirección equivocada.
Su reloj le avisaba de que se había retrasado mucho, dudó un instante mientras giraba de nuevo hacia al bosque, pero esta vez otros ojos se encontraron con los suyos.
Samantha se llevó la mano al pecho, el corazón le había dado un vuelco. El joven que estaba allí plantado no había hecho ni un solo ruido en el suelo de grava. El se rió al ver su gesto asustado y exhalo por diversión una gran cantidad de vaho que era del mismo color que su pelo y piel, sus ojos tenían el mismo color que la pizarra azul. 
Samantha separó los labios pero no sabia que decir, y se preguntaba si realmente tenia que decir algo, el chico seguía mirándola, ella apartó la vista por educación, pero ya se había fijado en que era muy delgado y alto, su mandíbula era ancha pero su barbilla se alargaba, sus pómulos muy marcados hacían que sus ojos parecieran hundidos, rodeados por un tono de piel mas oscuro de lo habitual. Los labios parecían formar constantemente un gesto cruel.
Al mirar hacia abajo vio que el extraño no llevaba ninguna clase de abrigo, iba solamente vestido con una fina camisa de algodón blanco con las mangas subidas por encima de los codos.
El continuó su camino rozándole el hombre al pasar y le hizo un gesto extraño con la mano a modo de despedida, Samantha se quedó inmóvil mirando aun hacia el bosque, tenía una extraña sensación, como si el frío pudiera colarse por sus pupilas e inundar sus venas, su cuerpo se estremeció con un escalofrío  y un enorme copo de nieve se posó sobre su nariz.

martes, 23 de febrero de 2016

Subter somniis I

La ausencia de la luna desenvolvía la ilusión de un suelo negro y pulido en lo que era la superficie del lago, que calladamente se cubría de copos de nieve, como si susurrase, al ritmo con el que se desplazaban las estrellas sobre el.
La oscuridad era absoluta, sus pequeños ojos infantiles no veían nada más que el resplandor de la nieve, iluminada por la vía láctea. Sabía que un espeso bosque delimitaba aquel claro pero el único árbol que podía percibir era el que sostenía su espalda, el rumor de su crujir al son del viento helado del invierno relataba un cuento sin fin.
Samantha hundió los dedos en la tierra blanda, despertando una bocanada exquisita de petricor que abrazaba el aroma de los iris, que crecían en la orilla.
Así, con los párpados bajados, concentrada en toda la calma que palpitaba alrededor, pudo sentir unos pasos cuidadosos que conocía bien.

El se sentó a su lado y aunque no podía verlo, miró en aquella dirección, sólo era un amasijo de sombras del que emanaba el aliento condensado.
Samantha extendió su mano buscando aquel otro cuerpo caliente, sintiendo súbitamente una espantosa añoranza, pero cuando llegó al lugar donde debía estar no halló nada y todo quedó muerto y frío en un sólo instante.

Ella despertó, se encontró con la lisa superficie blanca de un techo enyesado, quedó quieta y rígida en su lecho contemplando aquel vacío, perdida en una náusea.
Cada mañana despertaba tan cansada como cuando se durmió, su mente entumecida por la interminable repetición del mismo sueño, un sólo recuerdo pobremente representado en cada ocasión.
Deseaba que ya en su niñez alguien le hubiera revelado que el dolor y el anhelo no tienen plazo límite, que sólo engordan en el alma con el paso de los años como un parásito en el intestino.

Se levantó, un súbito mareo le hizo tambalear.

jueves, 11 de febrero de 2016

Cartas a nadie II

El sabor de la sangre hinunda mi lengua, pesada en esta boca seca, como páramo rebosante de silencio.
Hay algo que muere despacio en el choque de mis párpados, un sereno recuerdo que sólo toqué en mis sueños más largos, pronto destruidos, por las horas insomnes de la exagerada conciencia.
Ahora se ha vuelto la luz, que huye entre las grietas del cemento y el asfalto, que se derrama sobre el suelo a mis pies, siempre inconclusa.

viernes, 5 de febrero de 2016

Cartas a nadie I

Aquella música, como traída por el viento desde un lugar tan lejano que sólo se pisa en los sueños, hacia crecer mi hambre de huida y el temblor de mis manos se convertía en un suave compás con el que bailaba el miedo en mis costillas. Sentía la mirada fija de ese remoto y viejo conocido que me acompañaba desde la infancia, el pavor al desvanecimiento, a morir con el silencio pegado a mis dedos, sin haber existido realmente, y con la certeza pesando en el alma de que estos ojos y estos labios jamás quemaron el vacío de otro corazón.



sábado, 24 de octubre de 2015

Conozco los sencillos modos de transformarme, toda esa frágil apariencia para causar confusión con la triste distracción de mis contornos, que durante años ignoré, ahora puedo comprenderla bien habiendo olvidado como conocerme a mí.
Cuánto puede complacer mi inesperada habilidad para hacerme caber en lo presentable, convirtiéndome en más firme, más apta, menos digna de amor.
No puedo disfrutar del estúpido gesto alelado en los rostros de quien asiste inconscientemente a la contemplación de este compuesto inflexible, y existe aún en mi cierto temor a ser encontrada realmente en mis grietas, a desaparecer en la búsqueda  del eléctrico límite entre la vulnerabilidad y la inalcanzabilidad.
Porque así es como se es amado, por aquellos perdidos en las sinuosas tinieblas de la flaqueza, los que se aferran a cada sombra sólida de necesidad y que permanecen ciegos ante el ser combativo, que está solo.


Hace tiempo que he abandonado mi verdad para conocer la del mundo, y este me ha llenado de frío.